Cuando yo era pequeño, pasaba todos los días el panadero a la casa. Siempre de madrugada, así cuando uno iba a desayunar, retiraba el pan que habían dejado en un saco de tela en la entrada de la casa y que nadie se lo llevaba!. También pasaba el lechero, con leche fresca y natilla (crema) en tarros grandes, que se servian con unos cucharones metálicos, directo al pichel que uno acercaba. Hasta el gato se arrimaba por el chorrillo de leche que iba dejando el carro.
Sentarse a desayunar una piña de pan, tajadas de baguette con un plato de natilla era glorioso, sobre todo en fin de semana! O que hicieran atol con leche o avena ... el cereal no se compró hasta después, cuando a los lecheros los habían pensionado. Aún así, el kellogs (creo que era la única marca), se disfrutaba con la leche en botellas de vidrio que repartían en carros, uno cambiaba las vacías por nuevas y era toda una dinámica. A tiempos.
Bueno, el pan que no se gastaba fresco se iba guardando, a veces por las tardes se hacía tostado al horno, o bien cuando había un buen poco, salía el tradicional budín (leche, pan, azúcar y un par de huevos y ahí estaba la receta).
Pero mi mamá también nos hacía sopas de leche. Sencillísimas. Para ciertos días fríos o solo por el antojo, o para gastar ingredientes salía la siguiente receta.
Poner a fuego medio una olla con una cucharada de margarina, una cebolla pequeña (o media) partida en tiras (juliana), cristalizar y añadir el pan añejo en tajadas, dejar que el pan tome absorva la margarina y entonces añadir leche hasta que cubra el mismo.
Condimentar con un poquito de sal y no mover mucho para que el pan no se desintegre tanto. Dejar hasta casi el primer hervor y retirar. Servir de inmediato. Así de simple las disfrutabamos.
En épocas modernas, se le puede añadir condimento, crema, croutones, queso y llevar a gratinar, pero esos términos y técnicas estaban muy lejos de nuestra humilde sopa de pan!